Fragmentos de relatos #1
En primer lugar, ¡bienvenidos a todos los lectores de habla hispana!
Dado que algunas de mis obras se han traducido al español, he pensado que sería oportuno compartir algunos fragmentos breves de esas traducciones para los lectores que no hablan italiano.
Así pues, aquí tenemos un breve extracto de mi novela «Aquella noche».
¡Espero que lo disfrutéis!
Aquella noche la oscuridad parecía haberse tragado el mundo, y con él toda certeza.
Un hombre avanzaba despacio entre los árboles, como un penitente en busca de absolución, pero su carga era demasiado pesada para cualquier perdón. El bulto negro se balanceaba contra su espalda a cada paso, una sombra deforme que parecía respirar al ritmo de su fatiga.
Cruj. Cruj. Cruj.
Las hojas muertas seguían desmoronándose bajo el peso de sus pasos, cada sonido un pequeño ultraje al silencio absoluto del bosque. A pesar de aquella situación surrealista, sin embargo, su atención no dejaba de posarse en los pequeños detalles: el sonido sordo del corazón, que le martilleaba contra las costillas con la furia de un animal atrapado, los rayos de luna que se filtraban esporádicamente entre las ramas y se reflejaban en la superficie negra y brillante del plástico, creando destellos siniestros que amplificaban aún más su angustia. Era resbaladizo ese plástico, bajo sus manos sudorosas, y cada vez que tenía que reajustar el agarre, el estómago se le contraía en una náusea opresiva.
Cuando por fin alcanzó su destino, las piernas cedieron.
Dejó caer el bulto al suelo con un golpe sordo que resonó en la oscuridad como una sentencia.
Se inclinó hacia adelante, manos sobre las rodillas, respirando hondo varias veces. A esa hora el aire era una cuchilla de hielo que cortaba los pulmones y olía a tierra húmeda, musgo y hongos. El olor de la vida que se transforma en muerte y luego de nuevo en vida.
Su respiración seguía materializándose ante su nariz en pequeñas nubes de vapor que se disolvían casi de inmediato, como otros tantos fantasmas.
Una ráfaga de viento repentina hizo susurrar las frondas sobre su cabeza, atrapando su atención por un instante. Levantó la mirada hacia el cielo salpicado de estrellas heladas, dominado por la luna casi llena. Una nueva ráfaga sacudió las ramas de los árboles y le hizo entornar los ojos.
Era como si el bosque estuviera murmurando sus secretos, a la espera de que él se liberara de los suyos.
Ese pensamiento hizo que algo se quebrara dentro de él, y una emoción devastadora le subió desde las entrañas, como lava incandescente. No era arrepentimiento — eso llegaría después, quizás.
Lo que sentía era algo más desgarrador: la conciencia repentina de lo que había hecho y de la inevitabilidad de las consecuencias, que ahora se le echaban encima con la violencia de una tormenta de verano.
El sollozo lo sorprendió, un sonido ahogado que le desgarró la garganta, seguido de lágrimas cálidas y saladas que le surcaron las mejillas en un contraste hiriente con el frío que le mordía la piel. Lloró por lo que había hecho, por lo que estaba a punto de hacer, pero sobre todo por el hombre que sabía que ya nunca volvería a ser.
Solo la luna fue testigo de aquel momento de fragilidad humana. Y la luna, como siempre, guardaría silencio.
- Fragmento extraído de la novela "Aquella noche" -
